[.~*JINTAJAFORAS*~.]

enero 17, 2006

Perras obsesiones


Arturo es como Vicente Holgado, tiene una forma etérea y se pasea entre la vida de algunos de nosotros aunque a veces no podamos notarlo.
Me prestó un libro y luego se marchó, luego dejó en mi mesa un folleto lleno de letras que supongo, creyó él… me dirían algo que necesitaba yo saber.
"yo no sé por qué la gente tiene gatos pudiendo tener obsesiones. Las obsesiones hacen más compañía que los gatos, que desaparecen durante horas y luego, cuando se te ponen encima para que los acaricies, no sabe una donde han estado ni de qué tienen manchadas las patas. Las obsesiones no pueden alejarse de los cuerpos porque viven de ellos, de su sangre. Y los cuerpos no pueden vivir sin esta tortura, aunque esto no sé por qué es."
Y pensé entonces por qué no tenía gatos… un gato me dejaría abandonada por noches enteras dejándome entregar completamente al sueño, libre de obsesiones, sin embargo, tengo seis perros, los perros se parecen más a las obsesiones. Se mantienen quietos mientras duermes y procuran no parpadear para estar presentes en el momento en el que despiertes, te siguen a pie o con la mirada, te ruegan atención y en algunas ocasiones cuando duermes, suelen enganchar su cuello con una de tus piernas para que no puedas escapar de ellos a la mitad de la noche…
No cabe duda, las obsesiones no son como los gatos pero sí como los perros… por eso tengo seis. Y seguramente tengo más de seis obsesiones.
Javier se excusaba al no recordar una fecha diciéndome que no era tan obsesivo como yo y pensé que probablemente yo tenía un problema.
El último año de mi vida, dejé de apuntar en mi agenda lo que hacía pues como no valía la pena, no tenía por qué esmerarme en recordarlo todo al pie de la letra, pero hay días que son especiales y entonces los guardas en la memoria como eso, como días especiales.
Probablemente para Javier no haya nada de especial en esos días y por eso no se obsesione con recordarlos, pero ese es su problema no el mío, yo marcaré esos días en el calendario y él no tendrá nada…
También pensé en esa extraña obsesión por cambiar el mundo… por hacer de este un lugar mejor y entregarme a un par de luchas que no me corresponden. Antes sentía vergüenza de ello, de ir por la vida pensando cambiar el mundo… hoy ya no… porque Pablo me escribe en secreto, que debemos reinventar la revolución aunque sea en el fondo de un tarro de cerveza… y tiene razón, yo creo que él puede cambiar el mundo y aunque no me lo diga… él debe esperar a que yo cambie mi parte…
Y me obsesiona equivocarme y no saber como corregirlo y también me obsesionan los estrenos en el cine, me obsesiona que las cosas caminen y no que se desarmen con el desorden ajeno a mi orden y me obsesionan los silencios extendidos y me obsesiona más esperar en silencio cuando tengo una necesidad inevitable de hablar.
Me obsesionan sus ojos y el sonido de su voz, me obsesionan sus pensamientos y lo que calla cuando sonríe, me obsesionan sus abandonos y sus mentiras también, me obsesionan sus sueños, sus ausencias y también sus silencios.
Y hasta hoy había pensado que mis obsesiones eran un cáncer mal cuidado, cuando probablemente sean como los seis perros que tengo… mis amigos más fieles.

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Para Ana

Para Ana
"Esta mujer está viviendo, un mundo que ya no puede vivir"
Estoy esperando a que ya no quiera vivir en ese mundo, el mundo donde ella ya no debe vivir.
Y espero con paciencia que mañana sólo trate de ir hacia delante sin tener por qué volver la mirada atrás.

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Recuerdos ajenos

Mientras el silencio transcurre junto con el tiempo, solemos alzar la mirada y contemplar el mundo… no es raro contemplar una imagen y meterse dentro de ella, tal cual te perteneciera a la distancia, es como robar un instante de la vida ajena y sentirlo como propio.
La mirada se pierde y se clava, se somete se integra y deja de ser mirada para ser un momento ajeno al ser perpetuado como propio.
El silencio sigue transcurriendo y la mirada se ha vuelto un ancla que pretende arrebatar a otro un miserable instante que me hace falta, lo tomo y sin sentido lo siente mi alma como si fuera propio, luego la magia se acaba y el ancla desaparece… cuándo vuelvo en mí, me pregunto donde estaban mis momentos, los que sí eran míos y que los dejé pasar o los perdí…
He perdido tantos momentos que siempre fueron míos y nunca viví que ahora recolecto un poco de los ajenos, para creer que son un poco míos y así, no morir.

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Yo sin miedo...

Estaba sentada platicando con él, cuando una voz en el otro extremo de la casa lo llamó. Entonces Jacinto quiso ponerle un final monumental a la plática que hasta entonces habíamos tenido, dijo "lo único que no puedes permitirte es tener miedo". Después, salió apurado de la habitación.
Recuerdo que cuando era pequeña, había un programa para niños con títeres, de esos que uno nunca deja de verles los alambres, pero que en el fondo se confía en que ellos, los títeres, tienen vida propia.
La serie se llamaba "Juan sin miedo", creo en verdad, que pocos la recuerdan, pero eso es algo que yo no he podido sacar de mi cabeza y mucho menos olvidar.
¡Vaya Juan! Que suerte había tenido al no tener miedo… o, ¿sería al revés? Juan mataría por saber lo que es sentir miedo hasta cagarse, pagaría por dejar fluir esa adrenalina que te genera un vértigo terrible en el estómago, mientras el nivel de emoción se mantiene a tal grado que parece explotar cada una de las neuronas del cerebro.
La pregunta es si Juan quisiera sentir miedo y yo dejar de sentirlo. Yo creo que lo que más deseaba Juan era cagarse de miedo y lo que más deseo yo… permitirme tener mucho miedo para no permitirme tenerlo de nuevo.
Y al final de todo, sé con firmeza que el miedo es un arma de dos filos, te somete o te reta, depende del significado que en el justo instante nos determine la situación.
Y entonces retumbaron de nuevo las palabras de Jacinto: "lo único que no puedes permitirte es tener miedo", aún no sé si fue un consejo o vio el miedo asomarse en mis ojos y quiso evitar que lo dejara fluir con una suave advertencia de usar el arma a mi favor y no en mi contra.

enero 03, 2006

¿Y hoy... que te mueve?

Arturo es una persona de la que puedes esperar cualquier cosa, cuando guarda silencio es evidente que su mente maquila infinidad de historias y vínculos, cuando abre la boca siempre tiene algo importante que decir o una buena historia, en realidad lo que me gusta y al mismo tiempo también me aterroriza, es la misma pregunta diaria, y que, siempre y sin excusas solicita una gran respuesta.
El no va por la vida preguntándole a la gente cómo está, eso siempre es fácil, uno tiene por respuesta un guión pre-establecido: "bien gracias y tú?" y de ahí no pasa, nunca pasa. Necesitamos tres horas de conversación para poder decir algo como "me siento de la chingada", "he pasado muy malos días" o como "ayer sentí un instante de felicidad", nunca tenemos una respuesta de ese tipo. Y probablemente la respuesta no sea la culpable y en realidad toda la maldita culpa la tenga la pregunta.
Yo sé que Arturo sabe eso, y que disfruta lanzando siempre esa pregunta en un momento adecuado para hacer que sus interlocutores se queden paralizados y comienzen a pensar de donde sacan esa fuerza interior para levantarse cada día.
Cada vez que pregunta, veo en sus ojos expectativa pura, está esperando una respuesta emocionante, llena de vida... he de reconocer que me da mucho miedo que llegue el día en que no tenga qué responderle porque sé que me sentiré muy miserable cuando el venga y pregunté ¿y hoy qué te mueve?

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Los extraños motivos del amor...

Y entonces le pregunté dónde se habían conocido sus padres.
El vive el Munich, tiene una madre Cubana (que casi podría ser prima hermana de Celia Cruz) y su papá es Suizo.
Entonces el contestó que sus padres se habían conocido en Portugal, y de nuevo me atreví a preguntar ¿qué hacían dos personas como ellas en Portugal? y el respondió de foma muy natural "estaban en un congreso de derecho internacional". No quise hacer más preguntas, sin embargo sólo pude pensar en todo lo que debía existir y pasar para que el amor existiera, cruzando el Atlántico, en un curso de derecho en la tierra de nadie... o por lo menos, no en la tierra de una mujer cubana y un hombre suizo que esa noche bailaban felices sin parar como (supongo) en aquellos grandes años de su juventud.

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Necesaria rebeldía

Era navidad y el momento de los regalos, como siempre... suelo evitar ese instante desagradable cuando uno da sin recibir o recibe algo que no le gusta y aún a pesar de eso tiene que sonreír... eso de los intercambios navideños es casi como la vida, das y olvidan darte, te dan y no recibes... te dan y no te gusta, tienes miedo de dar porque no les guste, o mejor... mejor no damos!
Entonces vino un presente diminuto y bien envuelto cuyo destinatario era mi sobrina Andrea de 6 años y se lo daba mi abuela, quién en realidad es su bisabuela.
Cuando Andrea abrió su regalo era simple y hecho a mano, eran unas pequeñas babuchas de color verde pistache, las miré y realmente eran perfectas, habían sido tejidas con la perfeción del amor de una mujer que ha visto desarrollarse una familia con tres generaciones de mujeres tan fuertes como ella.
Entonces afirmé con una pregunta si había sido ella la que había tejido con sus arrugadas manos el regalo de Andrea. El papá de Andy volteó y de forma muy discreta, casi en secreto... me dijo que sí pero que no hablaramos de eso frente a los demás pues mi abuela con una edad incalculable (porque nunca nadie sabe cuantos años tiene en realidad), bajo advertencia de no salir de su casa sola por su avanzada edad, solía escaparse con una señora a unas cuadras para que le enseñase a tejer las babuchas y así, poder tener un regalo bajo el árbol para la noche de navidad.
He de confesar que sentí como mis ojos se humedecían al saber que mi abuela con sus ganas de entregar ya el equipo, siempre callada o sonriente, siempre fuerte y con todos esos años en su espalda, aún siente esa necesidad de rebelarse aunque nadie se entere y de escaparse por ahí unas horas al día para no olvidar lo que significa la libertad y la independencia haciendo algo que le gusta.

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